La pérdida de hielo en Groenlandia no solo eleva el nivel del mar. El ingreso de agua dulce al océano puede modificar su circulación y afectar la distribución del calor, las lluvias y los sistemas climáticos de distintas regiones del planeta.
Por Francisco J. Cartagena Méndez – El Jimagua | NotiDigitalPR
El deshielo de los grandes mantos de hielo del planeta suele asociarse con el aumento del nivel del mar, la erosión costera y el riesgo de inundaciones. Sin embargo, existe otra consecuencia que ocurre dentro del propio océano y que puede tener repercusiones mucho más allá de las regiones polares. El agua dulce procedente de Groenlandia puede modificar las condiciones que permiten el funcionamiento de la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, conocida por sus siglas en inglés como AMOC. Este sistema de corrientes contribuye a transportar calor entre distintas latitudes y desempeña un papel importante en el equilibrio climático de la Tierra.La preocupación científica adquiere especial relevancia tras la publicación, el 16 de septiembre de 2026, de una investigación internacional en la revista Scientific Data. El estudio, desarrollado mediante la integración de observaciones de 27 misiones satelitales, encontró que Groenlandia y la Antártida perdieron conjuntamente aproximadamente 11,309 gigatoneladas de hielo entre 1979 y 2023. Esa pérdida contribuyó a elevar el nivel medio global del mar unos 31.4 milímetros. Los investigadores determinaron, además, que el 84 % de la pérdida neta estuvo asociado con desequilibrios en la dinámica de los glaciares, principalmente por una mayor descarga de hielo hacia el océano, y el 16 % restante con cambios en el balance superficial.
¿Qué es la AMOC y por qué importa?
La AMOC es un sistema de circulación oceánica que transporta aguas relativamente cálidas hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas más frías a mayores profundidades en dirección sur. Su funcionamiento depende de una combinación de procesos físicos, entre ellos la temperatura, la salinidad, la densidad del agua y los vientos. Cuando las aguas superficiales llegan a determinadas regiones del Atlántico Norte, se enfrían y pueden alcanzar una densidad suficiente para hundirse. Ese movimiento forma parte de la circulación que redistribuye calor y nutrientes a través del océano.El problema aparece cuando el calentamiento modifica las condiciones que sostienen ese intercambio. El agua dulce procedente del deshielo reduce la salinidad de las aguas marinas con las que se mezcla y puede dificultar su hundimiento al disminuir su densidad. A ello se suma el calentamiento de las aguas superficiales, que también favorece una menor densidad. La combinación de estos factores puede contribuir al debilitamiento de la AMOC, aunque su respuesta depende de procesos oceánicos complejos y no exclusivamente del volumen de hielo perdido.
Conviene distinguir, además, entre el hielo terrestre y el hielo marino. La pérdida de hielo asentado sobre tierra firme, como el de Groenlandia, añade agua al océano y contribuye al aumento del nivel del mar. Su incorporación como agua dulce también puede alterar la salinidad regional. Por ello, las consecuencias del deshielo deben examinarse tanto desde la perspectiva del nivel marino como desde los cambios que puede provocar en la circulación oceánica.
Las observaciones ya muestran cambios
La preocupación sobre la AMOC no depende únicamente de simulaciones sobre el futuro. Un estudio publicado en marzo de 2025 en Geophysical Research Letters examinó las mediciones del sistema RAPID, que observa la circulación atlántica cerca de los 26 grados de latitud norte. Sus autores identificaron un debilitamiento estimado de 1.0 sverdrup por década entre 2004 y 2023, con un intervalo de incertidumbre de 0.4 a 1.6. Un sverdrup equivale a un millón de metros cúbicos de agua por segundo, unidad utilizada para expresar el transporte de las corrientes oceánicas.
Otra investigación publicada en abril de 2026 examinó observaciones de cuatro sistemas de medición distribuidos a lo largo del borde occidental del Atlántico Norte. Los investigadores encontraron una disminución consistente en el transporte profundo occidental durante aproximadamente dos décadas. Aunque ese componente no representa por sí solo la totalidad de la AMOC, los resultados aportan información adicional sobre los cambios que están ocurriendo dentro del sistema.
El riesgo no depende solamente de cuánto se caliente el planeta
Una investigación publicada el 13 de agosto de 2026 en Nature Climate Change añadió una dimensión importante al debate: la velocidad del calentamiento también puede influir en la estabilidad de la AMOC. Los investigadores René M. van Westen, Reyk Börner y Henk A. Dijkstra utilizaron simulaciones climáticas para examinar cómo responde la circulación ante distintos ritmos de aumento del dióxido de carbono. En una simulación de incremento lento, la AMOC permaneció estable incluso con un calentamiento global elevado; en simulaciones con incrementos más rápidos, el sistema experimentó un colapso a niveles de calentamiento considerablemente menores.El hallazgo cuestiona la idea de que pueda establecerse una única temperatura global como umbral universal para el colapso de esta circulación. Según los autores, la trayectoria del calentamiento y la capacidad del océano para adaptarse a los cambios son elementos decisivos. Los resultados corresponden a experimentos de modelización y no significan que se haya demostrado un colapso actual de la AMOC. Sí indican que evaluar su futuro requiere considerar no solo cuánto aumenta la temperatura, sino también la rapidez con la que ocurre ese aumento.
La investigación científica tampoco presenta una conclusión única sobre cuándo podría producirse un colapso. Un estudio publicado en Nature en 2025, basado en 34 modelos climáticos, identificó mecanismos que sostuvieron una circulación debilitada incluso bajo condiciones extremas. Por otra parte, investigaciones de 2026 que incorporaron aportes adicionales de agua procedente de Groenlandia encontraron efectos sobre el debilitamiento de la AMOC, pero no reprodujeron necesariamente una transición abrupta e irreversible. Estas diferencias muestran por qué es necesario distinguir entre un riesgo climático investigado, los cambios ya observados y la fecha todavía incierta de un posible colapso.
De las corrientes oceánicas a la seguridad hídrica
Las consecuencias de una alteración profunda de la AMOC no quedarían confinadas al Atlántico Norte. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha señalado que un colapso abrupto podría modificar los patrones regionales del tiempo y el ciclo del agua. Entre los efectos examinados figuran un desplazamiento hacia el sur de la franja tropical de lluvias, el debilitamiento de los monzones africanos y asiáticos y condiciones más secas en partes de Europa. El organismo considera muy probable que la AMOC se debilite durante el siglo XXI, aunque mantiene incertidumbre sobre la magnitud del cambio y estima, con confianza media, que no ocurrirá un colapso abrupto antes de 2100.Para Puerto Rico y el Caribe, esta discusión debe entenderse dentro de una realidad más amplia de vulnerabilidad climática. La disponibilidad de agua, la agricultura, los ecosistemas costeros y la exposición a eventos extremos dependen de condiciones atmosféricas y oceánicas que pueden cambiar con el calentamiento global. Una investigación publicada en mayo de 2026 en Earth’s Future examinó precisamente los futuros cambios en los extremos de lluvia sobre Puerto Rico y destacó la vulnerabilidad de las islas caribeñas por su dependencia de la precipitación y su exposición al aumento del nivel del mar. Ese estudio no atribuye tales cambios a la AMOC, pero permite comprender por qué las transformaciones del sistema climático global son relevantes para la seguridad hídrica del archipiélago.
El hielo que desaparece también transforma el océano
La pérdida de hielo no debe interpretarse únicamente como una reducción de reservas congeladas ni como una amenaza limitada a las comunidades costeras. Las nuevas mediciones satelitales permiten dimensionar la transformación de Groenlandia y la Antártida, mientras las investigaciones oceanográficas examinan cómo el calentamiento y los aportes de agua dulce pueden modificar la circulación del Atlántico. Se trata de procesos relacionados, pero sus consecuencias deben estudiarse con instrumentos y escalas temporales diferentes.
La AMOC continúa funcionando y la ciencia no ha establecido que haya cruzado ya un punto irreversible. Lo que sí documentan las observaciones y los modelos es que el sistema está expuesto a cambios capaces de alterar su intensidad y, bajo determinados escenarios, su estabilidad. Comprender esa diferencia no disminuye la gravedad del problema: permite comunicarlo con precisión y reconocer que el deshielo puede afectar tanto la altura del mar como los mecanismos que ayudan a regular el clima.
El hielo que pierde el planeta no desaparece de sus sistemas naturales: cambia de lugar, de estado y de función. Y cuando llega al océano, sus consecuencias pueden extenderse mucho más allá del paisaje que dejó atrás.





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